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PINE

 

PINUS SYLVESTRIS

PINO ESCOCES

 

 

 



Descripción


Este árbol es nativo de gran parte de Europa y del norte y este de Asia. Se planta ampliamente por tener una madera valiosa. Es ornamental y robusto. Prospera en suelos ligeramente ácidos y puebla las montañas y suelos más pobres de toda Gran Bretaña.
Con su madera se construyen postes, travesaños de ferrocarril, pasta de papel, cartón y otros productos como el alquitrán y el aceite de trementina. El pino tiene ciertas particularidades: la rectitud de su tronco, la dirección uniforme y aplanada de sus ramas y su penetrante aroma. La esencia de su resina es utilizada en productos de propiedades limpiadoras.
En Roma existía una celebración a Cibeles tomada del pueblo frigio en relación al dios Atis. La celebración se efectuaba el 22de marzo con el inicio del ano astrológico. Se cortaba un pino del bosque y se lo llevaba al templo de Cibeles donde era tratado como una deidad. Allí se lo amortajaba con bandas de lana y adornaba con guirnaldas de violetas, pues se contaba que esta flor había nacido de la sangre de Atis. Luego del año, el árbol era quemado. En Egipto se solía tallar en un pino la imagen de Osiris, que luego era enterrada y al finalizar el año, también, era quemada. La similitud de estos ritos no debe extrañar en absoluto, porque esta concepción estaba muy difundida en la antigüedad y se vinculaba a los dioses arbóreos. El pino era uno de los árboles consagrados a Dionisos

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Relación Botánica


Se trata de un tipo de conífera de cerca de 40 metros de altura que puebla las montañas. Los brotes lampiños y de color verde pálido, van volviéndose marrones. Es de porte erguido, de ramificaciones que se van abriendo, y desarrolla una copa circular. La corteza es color pardo rojizo con grietas y de color gris púrpura en la base. Posee hojas de color verde azulado. 

           
Descripción del estado:


Autorreproche. Sentimiento de culpa. Desaliento.


Verbalizaciones frecuentes:


“Sé que mis padres querían una niña y salí chico”, “Disculpe, yo sé que es culpa mía que mi hijo sea tan inquieto”, “Esto salió mal porque yo tuve que ver en ello”, “Esto me salió bien, pero si me hubiera esforzado más, hubiera salido mejor”, “Me remuerde fácilmente la conciencia”, “Cuando me dicen que quieren hablar conmigo, pienso que es para regañarme”, “Me cuesta recibir regalos. Creo que no me los merezco”, “Cuando enfermo tengo la sensación de tener que disculparme”, “Nunca me perdonará aquel descuido que tuve”.


Observaciones psicoterapéuticas


No puede hablarse sobre sentimientos de culpabilidad sin recapacitar en pro­fundidad sobre el fenómeno de la culpa, que constituye una de las causas de enfermedad más frecuentes de las personas con una educación cristiana. Para quien ha nacido en nuestra cultura, el sentimiento de ser y tener que ser culpable es algo casi natural, ya que siempre se encuentra confrontado a exigencias que apenas puede cumplir debido a su adversidad natural o vital.
Se es culpable cuando no puede asumirse una culpa o cumplirse una obliga­ción o una ley. Esta circunstancia sola carecería relativamente de importancia y sería sólo teórica si no fuera ligada a una consecuencia dolorosa: ¡el castigo! Es éste el que hace de la culpa un fenómeno a tomar en serio, que genera miedo y que se intenta evitar.
El sistema culpa-castigo es un instrumento muy eficaz para controlar a los seres humanos, pues resulta muy sencillo hacer a alguien culpable y merecedor de un castigo: es suficiente con exigirle desde una posición superior algo que no podrá o no querrá cumplir.
Ya en nuestra primera infancia tenemos un doloroso conocimiento del siste­ma. Nos damos cuenta, en forma de castigos, que hay límites que no debemos sobrepasar y exigencias que hemos de cumplir. Así pues, vivimos en un perma­nente temor ante el castigo que al basarse siempre en nuestra presunta culpa, se une irreparablemente con ésta en nuestra mente. Se activará cada vez que nos demos cuenta de que no podemos ser como se nos exige.


A esta emoción se la suele llamar «sentimiento de culpabilidad» y pretende despertar la impresión de sentirse, desde una especie de sentido superior (la «conciencia»), culpables. Pero en realidad detrás no hay una moral superior sino simple y llanamente el miedo ante el castigo. Si no existiera éste, nadie tendría mala conciencia.
Para poder sobrevivir, la persona debe estar «bien educada» y atender todas las leyes o prohibiciones que impone su poderoso entorno. Si a pesar de toda su buena voluntad no lo consigue (por apretarle demasiado o exigir excesiva auto-negación), como manifestación de su miedo ante el castigo desarrolla un «senti­miento de culpabilidad», tanto más intenso cuanto más sensible es y más doloro­sos fueron los castigos anteriores.


La Iglesia cristiana aplica con especial rigor este sistema de culpa-castigo-miedo, exigiendo a los seres humanos que dediquen su vida a la renuncia, la re­signación, la autonegación y el deber, y que reconozcan dogmas morales din­gidos contra sus sentimientos naturales y su necesidad de una alegría de vivir espontánea, una autorrealización y la libertad de espíritu. Esta exigencia se basa, de manera totalmente irracional, en la afirmación de que Jesucristo mu-rió en la cruz por nosotros y debido a nuestros «infinitos» pecados que no po­demos reparar, por lo cual, aun estando redimidos, tenemos una culpa todavía más profunda frente a «Dios» y debemos pasar nuestra vida en espíritu de ex­piación .
Bajo estas circunstancias es lógico que la persona cristiana se sienta como un permanente incumplidor y un culpable constante. Tiene mala conciencia cuando las cosas le marchan bien y está dispuesto a renunciar a la alegría de vivir antes que exigirla. A esto se añade el constante temor ante un Dios que todo lo sabe, que al parecer castiga con severidad cualquier transgresión a sus prohibiciones. El cristiano normal apenas se atreve a admitir que este Dios deseoso de poder y desde luego no «amado» se parece notablemente a esas personas que proyectan esta imagen suya. La hábil unión del respeto religioso y el temor al castigo le im­pide someter a un análisis exacto su presunta culpa. Silo hiciera, se daría ense­guida cuenta de que las presuntas leyes divinas sirven en realidad a los intereses de quienes las propagan.
¿No son siempre los poderosos los que predican la obediencia a los débiles, los potentados los que prohíben el robo a los que no tienen nada, los mojigatos ¡ enemigos del sexo los que condenan la vida sexual natural, los fanáticos del or­den y los caracteres estrechos los que quieren extirpar de la vida de las personas el elemento espontáneo sin planificar?


La persona de tipo «pino albar» es especialmente sensible a las ideas de cul­pabilidad al poseer una estructura psíquica impresionable y necesitada de sim­patía. Por inseguridad intenta garantizarse la benevolencia de sus semejantes de forma que baila al son de su música y asume de manera forzada y precisa las normas de conducta ajenas. Debido a su sensibilidad tiene miedo de quien logra imponerse sin escrúpulos ni sentimientos, y tiende a someterse a cualquier poder y autoridad. Ahí radica el motivo de su sentimiento de culpa de tin­tes religiosos: ese «Dios», ante cuyo castigo tiembla, es en realidad sólo una abstracción de todas las personas con autoridad que hasta ese momento se han castigado y oprimido. El miedo ante ellas lo tiene tan calado en los huesos que no se atreve a poner en tela de juicio cuando es adulto el papel asignado en la infancia.
Pero si quiere liberarse de sus «sentimientos de culpabilidad», debe conocer esos motivos de fondo y tener bien claro el siguiente hecho: la «culpa» y el «pe­cado» no han podido desarraigarse del mundo a pesar de todos los castigos y opresiones inhumanas. Esto demuestra que ahí detrás hay un factor elemental, imprescindible para la existencia humana.,


¿Qué fuerza nos impulsa a transgredir esas leyes y prohibiciones que se nos imponen?
Es nuestra ansia de autorrealización personal y alegría de vivir (que de todas las maneras es totalmente subjetiva e individual y que no puede normalizarse ni determinarla alguien de fuera). El ser humano no puede ser más que «culpable» si se le prohíbe algo para lo que está determinado y dotado, o dicho con otras palabras: si no puede ser y actuar como debe ser y actuar.
Puede anotarse al respecto, como a menudo hace la religión cristiana, que el ser humano es una criatura mala por naturaleza, que siempre peca y que por lo tanto siempre debe hacer penitencia. Pero también puede verse de esta manera: los sentimientos de culpa y de pecado generan dolor y en­ferman; por lo tanto no pueden ser naturales ni sanos y si queremos alegrar­nos de nuestra vida, debemos superarlos lo mismo que se hace con una en­fermedad. ¿Qué es entonces mejor y «más del agrado de Dios»: la alegría o la pena?
¿No consiste la vida activa en alegría, satisfacción y respuesta afirmativa y no se revuelve nuestro instinto natural contra lo que nos atormenta o nos obliga a una renuncia innecesaria? ¿No es la renuncia un pariente de la muerte (que de manera consecuente conduce también a una final)?


Familiarizarse con verdades tan simples y evidentes tiene una importancia de­cisiva para la persona de tipo «pino albar», porque de lo contrario no puede esca­par del círculo vicioso de su moral de culpa-castigo-renuncia, que niega la vida y genera dolor, porque de lo contrario no dejará de intentar luchar contra la pro­pia vida, que a pesar de todo también se realiza en sus presuntos pecados y erro­res, para protegerse contra el castigo con un exceso forzado de perfección y adaptación.
Por miedo a que aparezca una mala conciencia, muchos intentan satisfacer lo que se espera de ellos mediante una minuciosa obediencia. Mientras lo consigue, el sentimiento de culpabilidad (el miedo al castigo) permanece naturalmente mudo, algo que percibe entonces como «buena conciencia». Pero al menor «des­liz» vuelve a surgir.
Hay otro hecho importante que conviene conocer: el ser humano no es due­ño y señor de su vida, no se la ha dado y no puede determinar su destino. Lo úni­co que puede hacer, consciente o inconscientemente, es cumplir aquello que le está dispuesto, sólo puede ser tal como se le ha hecho y como se le pide. Por eso, en el fondo no es responsable del «paso de las cosas», lo que también impli­ca aquello que sucede por él. Nadie puede actuar mal a propósito y de manera consciente, todo el mundo actúa lo mejor que puede teniendo en cuenta todas las circunstancias que confluyen.


Todo lo positivo de nuestra vida, la alegría, el amor, la salud o la belleza, sur­ge porque seguimos a nuestra voz interior, nuestra nostalgia y nuestro senti­miento inmediato; la tristeza, el mal y la enfermedad, sin embargo, indican que de forma real o imaginaria nos hemos desviado de nuestro camino personal. Para entender esto correctamente hay que tener en cuenta que, lo mismo que todo en este mundo, también la alegría de vivir tiene muchos aspectos y que el que sea más alto también será el más valioso. Silo buscamos (y con ello la «sal­vación de nuestra alma») puede ser necesario «prescindir» de otro aspecto menos importante, aunque no lo sintamos así, pues quien poco da para obtener mucho no renuncia.


Organos afectados: ESPALDA, COLUMNA VERTEBRAL, HOMBROS CUELLO, PIEL.


Síntomas asociados: pesar, desaliento, depresión, angústia, tortura, autorreproche, abatimiento, autocritica, desdicha, remordimiento, melancolía, autocastigo, masoquismo, lamentaciones, culpa, ideas obsesivas, accidentes reiterados.


Claves sintomáticas: AUTORREPROCHE, SENTIMIENTO DE CULPA


Combinaciones frecuentes con otros remedios


Agua de roca (4/32): perfeccionismo forzado.
Castaño blanco (11/32): ideas fijas con tonalidades de culpa.
Castaño rojo (13/32): preocupaciones por una mala conciencia.
Centaura menor (14/32): sacrificio por sentimiento de culpa.
Ceratostigma (16/32): inseguridad por miedo a una mala conciencia.
Leche de gallina (24/32): trauma de culpabilidad no asumido.
Manzano silvestre (26/32): manía de limpieza de sentido moral.
Mímulo (27/32): miedo ante la culpa.
Nogal (29/32): debilidad defensiva frente a las acusaciones.
Roble albar (32/33): perfeccionismo inflexible.

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