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MIMULUS

 

MIMULUS GUTTATUS

MIMOSA

 

 


  Descripción


Este fue el tercer remedio que el Dr. Bach descubrió y lo localizó en las costas del río Usk.
Esta especie es nativa de América y se la conoce en Inglaterra desde principios del siglo pasado. Crece en las riberas, montes y praderas. Gusta de terrenos húmedos y no tolera la acción de productos químicos. Es muy sensible y con la cercanía de insectos o animales se contrae.
Sus semillas pueden ser llevadas por el viento o el agua. Se arraigan con fuerza y se extienden en un manto de amarillo brillante. A pesar de su vulnerabilidad se expande fuerte y vigorosa.
En la mitología indígena de América Central la mimosa era una flor que se usaba para adornar a los guerreros en las batallas. Este empleo no deja de evocar el hecho de que Fobos, el dios griego que personificaba al miedo, era compañero inseparable del dios Ares en los campos de batalla. Se lo consideraba un demonio, en el sentido hebreo de adversario.
En esta línea lo que esta flor simboliza son los peligros que nos tienen en vilo mientras no nos entreguemos con la confianza y alegría a disfrutar del carácter  transitorio de la vida. El adversario que incita a no aceptar la situación que la misma libertad de vivir nos obliga y hunde al sujeto en el terror, la falta de coraje y la inhibición de pensar, decidir y hacer.


Relación Botánica


Planta perenne que crece en forma de mata. De porte extendidoy dc cerca de 60cm de alto es muy resistente. Las flores son de color amarillo brillante y de forma que recuerda a los dientes de un león. Presentan manchas de color pardo rojizo y se producen sin interrupciones durante el verano y principio de otoño. Las hojas son ovales, dentadas y de color verde.

 



Observaciones psicoterapéutica


Cuando un ser, humano se siente amenazado, su organismo moviliza energía y se pone en un estado de tensión que le permite defenderse o huir. Uña vez con­seguido esto, aparece la relajación. En caso contrario se produce un exceso de presión que será tanto más intensa cuanto más dure, y que conduce a una opre­sión, es decir, que genera miedo.
Según la naturaleza de la amenaza cabe distinguir dos formas del miedo:
el miedo (mortal) inmediato e insuperable que todo ser vivo percibe en caso de un grave peligro de su vida y que procede del conocimiento fundamental e in­nato que toda materia animada tiene de la muerte,
el miedo «teórico» ante unas expectativas, que surge cuando se espera un mal o se imagina una situación dolorosa. Este miedo carece de fundamentos rea­les ya que lo que uno espera o se imagina es sólo teoría y siempre es incierto. Es una reacción de defensa contra recuerdos de males anteriores que reapa­recen y generan igualmente dolor.


Bajo él padecen a menudo las personas sensibles de tipo «mímulo», a los que cualquier experiencia dolorosa causa un impacto tan profundo que repercute en toda su capacidad de sentimiento y, lo mismo que sucede con una alergia, ante el más mínimo motivo reaccionan con un temor exagerado y sin motivo. Por lo general es suficiente con que se imaginen peligros o males.
Esta forma de miedo resulta, pues, problemática ya que, a diferencia del mie­do real, no puede combatirse con contramedidas prácticas. Es como un fantas­ma al que se puede golpear sin alcanzarle en realidad. Ata y paraliza porque es irracional y sólo puede superarse (o al menos reducirse) por medio de la con­cienciación y de la claridad de espíritu.
Existen para ello en esencia las siguientes posibilidades:
Se neutraliza la expectativa negativa y generadora de miedo transformándola en una positiva. Son adecuadas las esperanzas de salvación, por ejemplo la fe en una fuerza salvadora o una liberación en el más allá. La poderosa influen­cia de la mayoría de las religiones se basa en esta táctica: después de haberles enraizado en el alma a los seres humanos el temor, les ofrecen la salvación si confían en ellas. Muchas personas temerosas se aferran a este salvavidas sin que después puedan vivir sin él. Sin embargo, al miedo sólo se le entierra y vuelve a surgir en cuanto que flaquea la «fuerza de la fe».


Se acostumbra uno a analizar con serenidad y realismo las ideas o situaciones generadoras de miedo y someterlas expectativas negativas a una verifica­ción precisa, aeeptándolas como fantasmas de la mente. Con ello se expulsa o sustituye lo irracional por racionalidad, algo que sin embargo requiere una fuerte disciplina psíquica.
No se huye ante las situaciones temidas sino que se las vive de manera cons­ciente, estableciéndose que no son tan malas y que el mal previsto era sólo una imagen de la fantasía. Pero esto sólo se consigue si ya se tiene un cierto ánimo y los temores no están muy profundos.
Se intenta ver bajo otra luz aquello de lo que se siente miedo, adoptar una postura menos defensiva y afrontar la vida con confianza. Esta «confianza pri­migenia» es el antídoto más eficaz y sólido contra todo tipo de miedos.
Si se tiene la certeza de que todo en nuestro mundo está bien provisto y que cualquier mal resulta por último beneficioso, puede desarrollarse una postura bá­sicamente positiva a partir de la cual, lo mismo que con una operación quirúrgi­ca, es posible librarse de los dolores sin realmente sufrir.


Es importante también una relación de confianza con la muerte, pues ésta de­sempeña en el fondo un cierto papel con cualquier tipo de miedo. El ser huma­no la teme por considerarla una pérdida grande y definitiva y teme la pérdida porque está acostumbrado a relacionarla con el dolor: la pérdida de la salud sig­nifica enfermedad, de la propiedad pobreza, del compañero soledad, de la vida el final. Pero hay que darse cuenta de que la pérdida y la muerte, lo mismo que el ave fénix que renace de sus cenizas, significan también ganancia y nuevo co­mienzo, si bien en un plano distinto del ser.
El valor no consiste en lanzarse sin pensar y a lo loco a la aventura, sino en la disposición a luchar contra el propio miedo. Las personas valerosas viven sus te­mores de manera consciente y se atreven con aquello que temen. La fuerza ne­cesaria, a menudo sobrehumana, les viene de la confianza en un valor propio y suprapersonal, por ejemplo una gran idea humanitaria, una vocación, el saber de un destino que acabará siendo salvador o un dios todopoderoso y benefactor.
La persona de tipo «mímulo», que por su sensibilidad tiende tanto al miedo, cuando se propone vivir su propia vida sin engañarse constantemente a sí mis­ma desarrolla un valor extraordinario. Su debilidad, cuando sabe transformarla, es la materia prima de su verdadera fuerza.  

 
Descripción del estado:


Para los miedos que uno puede identificar y nombrar. Timidez. Personalidades asustadizas.


Verbalizaciones frecuentes:


“No puedo ponerme inyecciones: me aterrorizan las agujas”, “No puedo subir en ascensor”, “Me ruborizo con facilidad cuando trato con gente desconocida”, “Si no tuviera un lugar propio adonde retirarme, creo que no podría sobrevivir”, “Siempre le tengo miedo a algo”, “Trato de no quedarme solo nunca”, “Siempre tengo que ir con alguien para hacer gestiones”, “Cuando me pongo nerviosa me sudan las manos”, “Si tengo que hablar en público se me seca la boca, siento como mariposas en el estómago y se me aflojan las piernas”.


Estado transformado: Liberación, coraje.


Organos afectados: CUERDAS VOCALES, GARGANTA, CORAZÓN, ESTÓMAGO, PIERNAS, PIES Y SISTEMA NERVIOSO AUTÓNOMO.


síntomas asociados: timidez, temblores, taquicardia, miedos, tartamudez, exceso de
transpiración, dificultades en la expresion verbal y física, fobias.


claves sintomáticas: MIEDO DE ORIGEN CONOCIDO.


Combinaciones frecuentes con otros remedios


Acebo (1/27): excitabilidad por miedo.
Achicoria (2/27): atenazamiento por miedo.
Agrimonia (3/27): miedo oculto.
Álamo temblón (5/27): total pusilanimidad.
Alerce (6/27): pusilanimidad por falta de autoconfianza.
Brezo (9/27): impertinencia por temor a la soledad.
Castaño blanco (19/27): ideas forzadas por el miedo.
Castaño rojo (13/27): exceso de protección por miedo.
Centaura menor (14/27): sumisión temerosa.
Cerasifera (15/27): grave conflicto de miedo.
Ceratostigma (16/27): inseguridad temerosa.
Escleranto (19/27): incapacidad de toma de decisiones debido al miedo.
Genciana (20/27): ductibilidad y pusilanimidad.
Haya (2 1/27): tolerancia por pusilanimidad.
Hojaranzo (22/27): temores al fracaso.
Impaciencia (23/27): intranquilidad temerosa.
Leche de gallina (24/27): pusilanimidad por trauma psíquico.
Madreselva (25/27): huida al pasado por miedo.
Manzano silvestre (26/27): temor exagerado ante la falta de limpieza.
Nogal (27/29): influenciabilídad por pusilanimidad.
Olivo (27/30): atemorizado y agotado.
Olmo (27/31): miedo súbito al fracaso.
Pino albar (27/32): miedo a la culpa.
Tamarilla (27/35): pusilanimidad con tendencia al pánico.

 

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