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CENTAURY

 

CENTAURIUM UMBELLATUM

CENTAURA

 

 

Descripción


EL Centaury es una especie de la familia de las Gencianas. Se desarrolla en Gran Bretaña, prefiriendo el sol y los campos abiertos. Tiene la particulari­dad de poder crecer donde otras plantas no podrían hacerlo. Su fuerte y resistente raíz le permite afianzarse en los suelos secos. Las flores son peque­ñas, Con forma de estrella de un suave color rosa.


Relación Botánica


La altura de esta planta varía entre los 50 cm y 1 m. Posee un tallo ramificado que sostiene racimos planos, con flores. Es una planta lampiña. Su  floración es anual.


Descripción del estado:


Personalidad tipo “felpudo”. Sometimiento a los deseos de los demás. Débil de voluntad. Obsecuente. Se aprovechan de su bondad. Incapaz de decir que no.


Verbalizaciones frecuentes:


“Me dicen que soy demasiado bueno”, “Me convencen con facilidad, aunque no quiera verdaderamente”, “Vuelvo tarde de la oficina porque he terminado un trabajo que mis compañeros me pidieron que hiciera”, “Tengo que cuidar a mi madre, por eso no puedo salir como otras chicas”, “Me resulta imposible negarme a lo que me piden”.



Observaciones psicoterapéuticas



La tendencia natural de las personas de tipo «centaura menor», que va unida a un gran desprendimiento, les hace difícil oponerse a las exigencias que su entor­no egoísta les impone. Estas personas son las que nunca pueden decir «!no!». Por ese motivo, constituyen una «presa fácil» para todos los usurpadores y posesivos.
Sobre todo los niños altruistas y sensibles no suelen tardar mucho en caer es­clavos de unos padres o unos educadores egocéntricos y caprichosos, esclavos que apenas se atreven a tener o expresar sus propios deseos. Para poder sobre­vivir deben aprender a ceder siempre, a sacrificarse satisfaciendo las exigencias de los demás y a contentarse para sí mismos con nada o muy poco.
Esto hace que al llegar a la edad adulta posean una doble naturaleza, ya que no tienen la posibilidad de desarrollar su propia personalidad. Tampoco su entorno les brin­da ocasión para ello puesto que en toda relación humana existe siempre una cierta influencia. Así, Richard Wilhelm escribe en 1 Ching: «La veracidad contra lo dis­gregador es peligrosa..., también a las mejores personas se les aproximan elemen­tos peligrosos. Si se traban relaciones con éstos, su influencia destructiva actúa de manera lenta pero segura y de modo inevitable atrae sus riesgos». Cada uno de nuestros defectos desencadena en las personas con las que tratamos la corres­pondiente conducta, que también es mala. De forma sorprendente, esto es igual­mente válido para la postura de «centaura menor», en apariencia ejemplar. Lo mismo que el animal de presa se crece ante el temor de su víctima, la compla­cencia forzada y artificiosa de la persona a la que se exige provoca una arbi­trariedad equivalente, que es exagerada y brutal.


Cuando hay que tratar con una persona de tipo «centaura menor» se espera de ella que ceda de buena gana y de forma automática o que se entregue de manera desprendida, sin que se le ocurra a uno ceder a sus propias necesidades y aspiraciones.
Lo enfermizo de todo ello no consiste en renunciar a los propios intereses para ayudar a los demás, sino en que esto se produce por una coacción interior irreflexiva. El buen carácter, el desprendimiento o el sacrificio es expresión de una neurosis, surgida bajo la presión amenazadora de un entorno prepotente, y se practica de manera automática sin una motivación positiva consciente.
Aunque para el ser humano de tipo «centaura menor», que por naturaleza ne­cesita la armonía y es «de piel» sensible, es importante mantener buenas relacio­nes con su entorno, su comportamiento no es la expresión espontánea e «ino­cente» de sus disposiciones, sino la caricatura que se ha desarrollado bajo la pre­sión de unas condiciones de vida desfavorables.


Estas no consisten únicamente en las personas con las que tiene que tratar y a las que se ha acostumbrado a ser­vir, sino también en el entorno espiritual y cultural en el que ha nacido, es decir, sobre todo la moral cristiana, que se basa fundamentalmente en la culpa, la re­nuncia y la autonegación. A tenor de ella, la persona ha de ponerse al servicio de sus semejantes y tiene que reprimir o eliminar sus necesidades y peculiaridades personales en caso de que no satisfagan esa línea. Aunque en el fondo esta exi­gencia no es más que una teoría alejada de la realidad, pues se opone a las leyes elementales de la vida (y además tampoco la propia Iglesia la practica), im­pregna tanto al ser humano educado en la fe cristiana que éste sólo puede llevar a cabo su autorrealización, para la que posee esta vida, con sentimientos de cul­pabilidad.
El buen cristiano tiene mala conciencia cuando las cosas le van bien, y de in­mediato busca de manera imperativa las posibilidades de expiarlo, estropeando la propia alegría de vivir con el veneno amargo del mal ajeno. De forma absurda opina que está mejor en el mundo si sufre con los demás y sigue el lema de que el mal compartido es medio mal. Pero en realidad, el mal compartido significa un doble mal pues bajo él sufren entonces dos personas.


El hecho fatal es que con ello se abusa de un principio que es perfectamente correcto. Por supuesto que es hermoso y humanitario llevar la alegría al mundo y disminuir los males; pero nadie puede conseguirlo exponiéndose él mismo al mal, compartiéndolo. Al contrario: lo que hace es añadir al mal del otro el suyo propio, admitido voluntariamente. La educación «cristiana» impide al ser huma­no el conocimiento fundamental que sólo a partir de la alegría puede surgir ale­gría y que únicamente cuando él mismo está feliz puede hacer felices a otras per­sonas. Por eso, persigue un fin correcto por el camino equivocado y su conducta en lugar de ser «santa» lo es sólo aparentemente.
En el estado «centaura menor», la persona no se entrega a sus semejantes por una motivación personal, espontánea y responsable, sino por una coacción en­fermiza interna y una abnegación carente de sinceridad. No se vuelve feliz y fuer­te mientras cuida de los demás, se sacrifica por ellos o sigue su voluntad sino que en lo profundo de su alma se frustra. Un aro de hierro —que por regla general ya no se percibe conscientemente— comprime su corazón, que anhela una vida pro­pia, y al mismo tiempo una voz amenazadora le obliga en ‘triste interior a des­preciarse a sí mismo y a renunciar a la propia alegría.


Por eso es decisivo para él darse cuenta de su mutilación psíquica. Debería sa­ber que su comportamiento no es expresión de una moral superior, como se le ha enseñado y él mismo quiere creer, sino simplemente una medida de emer­gencia y la consecuencia patológica de una represión de la personalidad, que por añadidura favorece las tendencias demandantes y excesivamente desconsidera­das de los demás. Debería ver que tiene derecho a su propia vida y que aquello que busca por sus dotes filantrópicas y bonachonas, sólo puede alcanzarlo si ac­túa a partir de su globalidad «egoísta» intacta.
Cuando se haya encontrado a sí mismo y cuando viva a partir de su propia moral personal, en lugar de someterse a dogmas y coacciones extrañas que ade­más considera valiosas moralmente, sabrá siempre cómo debe actuar: unas ve­ces no satisfará las exigencias de los demás, aunque sufran; y otras, renunciando a ventajas y placeres, se pondrá de manera desinteresada a disposición de sus se­mejantes necesitados de ayuda.


Sabe entonces que ha de ser responsable de sí mismo, pero no del mundo. Seguirá las palabras: «!Si se te llama, acude!». Si seguimos la llamada interna de ayudar de manera desinteresada a alguien, esto no significa un sacrificio sino una autorrealización gozosa.


Estado transformado: Fortaleza.


Organos afectados:

COLUMNA VERTEBRAL, OJOS, SISTEMA CIRCULATORIO,  APARATO RESPIRATORIO, HÍGADO Y RIÑONES.


Síntomas asociados:


Depresión, cansancio, automartirio, apego excesivo, débil voluntad, hipersensibilidad, humildad, generosidad, influenciabilidad, miedo, incertidumbre, adicciones, abusos, anorgasmía, tristeza.


Claves sintomáticas: SUMISIÓN.


Combinaciones frecuentes con otros remedios


Achicoria: sacrificio egoísta.
Agrimonia: carácter bonachón enfermizo.
Alerce: altruismo por sentimientos de inferioridad.
Aulaga: complacencia y desesperanza.
Castaño rojo: desprendimiento preocupado.
Ceratostigma: servidumbre por falta de personalidad.
Escaramujo: resignación por falta de personalidad.
Genciana: debilidad de personalidad y de voluntad.
Hojaranzo: sensación de ser sometido a demasiadas exigencias por falta de independencia.
Mímulo: sumisión por miedo.
Nogal: dependiente e influenciable.
Pino albar: sacrificio por sentimiento de culpabilidad.

 

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